"Isn't anyone trying to find me? Won't somebody come take me home?
It's a damn cold night Trying to figure out this life Won't you take me by the hand Take me somewhere new I don't know who you are But I... I'm with you" [Avril Lavigne]
Este fin de semana estuve en Dresden con mi gran amiga María, que vive en Stuttgart. Desde la llegada, notamos que el viento de Sajonia no estaba de humor para turistas, y menos rotos, ruidosos, desorientados y perdedizos como nosotros. Mi paraguas perdió la pelea contra la lluvia. Y para el domingo, las ideas ideales hicieron lo propio para animar a María, que ya estaba harta, mojada y desanimada. Porque entonces se me ocurrió decir que seguramente en ese mismo momento había alguien en algún lado del mundo estudiando sobre Dresden y la Frauenkirche. Que probablemente soñaría toda su vida con caminar por el Zwinger, le contaría a sus hijos durante muchas cenas que en esa ciudad se inventaron las bolsas para el té y trabajaría muchos días para viajar, mirar hacia las nubes grises y abrir la boca para al fin probar el agua de la lluvia de Dresden - sabiendo y conociendo más que nosotros -, y quizás nunca en su vida conseguiría estar aquí. Y a lo mejor sus hijos tampoco.
Y así María se acordó de lo afortunados que somos, de la gran responsabilidad y obligación que tenemos los viajeros de vivir al máximo los sueños de otros como propios.
Una de las mejores historias que me sé, y probablemente la que más amo y recuerdo en estos días en los que el aniversario luctuoso acecha, tiene como protagonista a mi abuela, quien fue invidente. Hubo un día, cuando estaba perdiendo la vista, en que tenía que cruzar una calle, pero no estaba segura de calcular bien la distancia. Justo se acercó a ella una mujer que tenía miedo de caerse, porque algo tenía mal en las piernas. No olvido cómo me contaba que se dijeron: Señora no se preocupe, yo soy fuerte y le ayudo, pero no veo bien, así que Usted tiene que guiarnos... Creo que así estamos los seres humanos. Justo ahí en el momento preciso, probando que la casualidad no existe. Asiéndonos unos a otros, a veces sin darnos cuenta. Acompañándonos de maneras más profundas de las que se pueden ver físicamente. Estamos juntos en tristeza y en triunfo. Quizás exista un equilibrio en el que los que amamos la música la disfrutamos a nombre de los sordos. En el que a veces somos bocas o mudos, a veces piernas o cojos, a veces ojos o ciegos...
Así me gusta pensar que estoy viviendo en Berlín y en Dresde, y dondequiera que vaya. Siendo los ojos de todos los que no pueden ver estas maravillas. Compartiendo el protagonismo con quien sueña y soñará con estar pero físicamente no puede.
Porque entonces, María y yo estuvimos cargándote en Dresden, y fuimos tus ojos aunque tú no lo sabías. Porque nos acordamos de ti - nuestr@ companer@ de viaje - que no nos conoces y en tu honor dejamos de quejarnos y disfrutamos de bebernos toda Dresde en un trago.






Operación Triunfo
