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miércoles, 13 de enero de 2010

Tengo que

Tengo que amanecer borracho besándote a la orilla del Sena por lo menos unas ocho veces más.
Tengo que despedir y enterrar tranquilo a mi padre y a mi madre tras haber sido el mejor de los hijos de la historia porque así es la ley de la vida y así lo merecen.
Tengo que ganar algo (cuanto más prestigioso mejor) y subir descompuesto a un podio a llorar de emoción por dedicarlo a mi México y mis mexicanos.
Tengo que decidir qué sueños continúan y cuáles tirar a la basura para dejar de perseguir (y hasta nuevo aviso, TODOS los sueños siguen siendo posibles y no hay nada en el mundo con los suficientes huevos para impedirme lograrlos).
Tengo que conocer Moscú bien rasuradito y dejarme crecer la barba mientras viajo en el TransSiberiano para llegar a Beijing a remojarla al plato de noodles más delicioso de Asia. O algo así.
Tengo que ver a mi hermana hermosa como nunca antes, de blanco y con un ramo resplandeciente en las manos junto al hombre más trabajador y respetuoso de la Tierra y bajo una lluvia de arroz y pétalos blancos y buenos deseos en la que quien le desee más felicidad sea yo.
Tengo que aprender a perdonar de corazón y exterminar mis rencores y conquistar mis miedos y restituir al mundo todos los daños y perjuicios que mi intensidad e ignorancia causaron y causarán.
Tengo que escribir una novela y estudiar una maestría y hacer el guión de una película y conseguir un doctorado y publicar un poemario y tomar un curso de cocina para poner un restaurante y grabar un podcast y seguirme con un postdoctorado.
Tengo que poder luchar por todo esto y por bastante más porque no sólo llevo sueños míos cargando. Tengo que esmerarme en nombre de quien ya no tiene la vida ni los largos y fructíferos años por venir que a mí me sobran. Tengo que hacernos justicia. Tengo que evitar que la erosión del paso del tiempo me arrebate la noción de que todo es posible y todo hay que intentarlo.
Y un día, muy al final, tengo que morir. Sonriendo.
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sábado, 5 de septiembre de 2009

De cómo las musas se mezclan con los mortales

Fue una espectacular noche en otoño el año pasado: una noche de moda. Tras una sobredosis de flashes, celebridades, escotes y texturas; los seres más vanguardistas de la Ciudad de México se arremolinaron desordenadamente para ocupar sus lugares en el desfile de la nueva sensación: Malafacha. Por afortunada casualidad, también yo estuve allí.
Después de un momento a obscuras, una luz amarillenta nos dejó adivinar la misteriosa silueta de una mujer.
Era el contorno de la elegancia de los años cuarenta, cargado de femineidad agresiva, felina y salvaje. La personificación refinada de los sueños vanguardistas de todos los pintores en todas la épocas; sabiamente vestida. Ella estaba viva: todos lo supimos cuando avanzó como una pantera hacia adelante de la pasarela, haciendo alarde de un sereno resplandor que nos cegó a todos. Había algo impactante: supongo que se debía a que ella, a diferencia de las mejores cosas de la vida, era irónicamente larga. El espacio quedó invadido por el seductor poder de su mirada al frente, que como una epidemia salvaje se apoderó de nosotros, conquistándonos para siempre. Sonaba la voz de Shirley Bassey interpretando una canción de Pink que ella musitaba entre sus labios de femme fatale.
Tras ella transcurrió uno de los desfiles de moda más exquisitos que he probado. De esos eventos únicos en los que uno se siente abrumadoramente embriagado ante la alineación de los astros. Ella salió un par de veces más dominando, luciendo otras prendas de la colección. Sólo los que estuvimos allí sabemos exactamente lo que intento relatar: un momento verdaderamente especial. Al final y en episodios posteriores, pregunté mucho sobre ella: quería saber su nombre, su profesión, escuchar cómo hablaba...
Me pregunté si esas extraordinarias creaturas alguna vez salen de los sueños y descienden a nuestro mundo para mezclarse con los mortales.

La respuesta es que sí.

Hoy, en la cafetería del Conejo Blanco, compartí con ella unos molletes.


(¡!!!)