Nunca esperé volver a encontrar la plenitud de vida después de los 17 años, edad en la que pensé haber encontrado la cumbre de mi existencia. Después de aquel verano prodigioso de 1999, asumí que no volvería a haber un momento tan perfecto para mí. Crecí de muchas maneras, sin dejar de invocar y recordar esa época dorada hasta que llegó esta.
Con treinta años cumplidos, me siento bendecido al compartir que estaba equivocado y he vuelto a experimentar las sensaciones propias de la satisfacción plena gracias a mi trabajo como funcionario público. El 2012 no le pide nada a otros tiempos maravillosos.
No reparé en que el agotamiento sería sinónimo de regocijo. En que la sobrecarga de actividades sería un deleite único. Hoy, como nunca antes, el costo de oportunidad es atroz. Es muy probable que algún día regrese por este espacio a lamentar que no tuve tiempo de venir a escribir y documentar todas las maravillosas experiencias que me ocurren día a día; tanto como lamentaré todas las invitaciones, amigos y ratos de ocio que he perdido y seguiré perdiendo. Quizás también me arrepentiré de que a falta de tiempo mi empresa no pueda crecer al tamaño y ritmo que proyecté cuando la inicié, con aquellos esfuerzos tan difíciles para sortear todos los obstáculos que se presentaron al inicio.
Mientras llega ese momento, voy a disfrutar el poder sentirme tan vivo y útil. Mientras llega ese momento, soy un hombre inequívocamente feliz. Esta sensación de estar cumpliendo una misión terrenal - tan nueva y adictiva -, crece cada día, como nunca creció en mis años más jóvenes e idealistas. He aprendido más que nunca. Esta vida es la que vale la pena vivirse y todo lo demás que aguante.
Por primera vez temo mucho al cambio. Ocurre en todos los países del mundo: cuando hay sucesiones en el gabinete de gobierno y las cabezas se mueven, los equipos pierden sus empleos según llegan los nuevos funcionarios. Quizás esto me ocurra y no quisiera. Para los que estamos ciegamente enamorados de México, la vida después del amor nos da absolutamente igual, pero nos perturba mucho la vida después de servir al país. Eso es el amor según nosotros. Y es que, de verdad, no creo que haya algo tan satisfactorio como sentir que se está contribuyendo directamente al desarrollo de la patria que uno ama tan salvajemente. No hay más que saber que uno está ahí cada día peleando por sus paisanos, por su familia, por su entorno, por uno mismo. Temo mucho a equivocarme en las decisiones importantes, a no ser lo suficientemente bueno para dar lo máximo en todo momento. No estoy (ni estaré) afiliado a ningún partido político, no juego para ningún equipo más que para el de México. No soy de esos que se irá detrás del jefe a una nueva dependencia que nada tenga que ver con el trabajo actual que apasiona.
México es más fuerte que todo, más fuerte e importante que yo mismo. Confieso que el entusiasmo y profundo cariño que - desde que recuerdo - tengo por la Ciudad de México, se ha ampliado gracias a esta vida y ahora estoy también enamorado de cada uno de los estados del país. Todo aquí es brutal y poderosamente embriagador, seductor. No hay nada desalentador en la esencia de México. Te atrapa irremediablemente. Ya no sabría decir qué de todas las millones de maravillas es la que me gusta más de esta increíble tierra. Es esta pasión la que, quizá también por primera vez, me aleja del egoísmo de rezar por permanecer así y aquí para concentrarme en pedir a los dioses, los astros y la vida que México se convierta en lo que debe ser, en lo que tantos soñamos, en lo que merece.
Si existe la justicia kármica, seguiré así el resto de mis días. Viviré y moriré delirando por México.
La enseñanza en cualquier caso, es que la vida brinda siempre más de lo que uno espera. A pesar de temer que acabe esta gran felicidad, los hechos permiten esperar que si ocurre una pérdida, estamos listos para vivir, eventualmente, otro momento dorado más, y así sucesivamente. Sólo espero que siempre, México esté a mi lado para exigirme ser un mejor hombre, un mejor ciudadano. Jamás me le iría. La única certeza que queda, es que uno estará ahí siempre para corresponderle y hacer el mejor esfuerzo para que - al menos desde la pequeña trinchera en la que a uno le ha tocado estar - sea todo cada vez mejor.

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