martes 1 de marzo de 2011

Seis meses.

Son las 23:51 horas del primer día de 2011 en el que logré irme a la cama temprano. Llevaba plácidamente/desesperadamente dormido un poco menos de una hora con 50 minutos. Una llamada telefónica me despertó. Una llamada de trabajo, naturalmente.

Hoy hace seis meses que soy funcionario público.
Juré que nunca lo haría: me tenía prometido que yo jamás usaría corbata, sería siempre dueño de mi propio tiempo y dependería del esfuerzo, el mercado y el desempeño cerebral de cada semana para tener mucho o poco dinero. Solo había una única excepción a la regla (la de siempre): el amor por México sobre mí mismo y sobre cualquier promesa personal o palabra de honor. Naturalmente, en el mejor momento laboral de mi vida, la oportunidad se presentó.
Pensé que si al final de las pruebas me quedaba, no iba a poder perdonarme dejar pasar la oportunidad de servir a México. Y me quedé. Y traicioné todos mis juramentos.

Inicié la nueva etapa muy entusiasmado. Se me hizo notar que al ser parte del gobierno, todos los mexicanos son de alguna manera mis jefes y lo acepté con amor y orgullo. Por la naturaleza del puesto, se me recomendó no publicar usando mi nombre y evitar cualquier mención remotamente política en redes sociales. Un hasta aquí medio brutal a toda la ola de trabajos maravillosos que para mí había conseguido publicando y participando en el novísimo rubro del marketing digital.
Entonces me hice invisible en Facebook, quité mi nombre en Twitter y dejé de publicar. Todo en mí ha cambiado mucho, empezando justamente por la falta de tiempo para escribir. Las ojeras son permanentes, no hay horarios de comidas, estoy siempre listo para dormir 5 minutos más y mi voz es siempre ronca: por primera vez en mi vida fumo una cajetilla diaria. Recuperé los 16 kilos de sobrepeso que tanto me costó bajar en 2008: no hay ningún pantalón que no me apriete. La salud y el bienestar físico escasean: en diciembre pasado contraje un tal reflujo, cuya presencia me amenaza con más fuerza cada vez que decido comer picante, irritantes, café, grasas o beber alcohol.
Me es brutalmente injusto que, en estas condiciones de vida, resulte "poco recomendable" escribir - por ejemplo, a las dos de la mañana de cualquier viernes en el que apenas acabo de salir por cumplir con mis obligaciones - que estoy utilizando mi dinero honestamente ganado para zamparme un filete estupendo en cualquier red social porque "quizás la prensa esté leyendo y hay que tener cautela".
Ni que fuera yo qué. A mí me gustaba mucho enseñar lo que me como (véase www.tacosygarnachas.com) y al fin y al cabo el mismo presidente tiene Twitter.

Odio a esas personas que se quejan de su situación laboral en un mundo en el que tener trabajo es una bendición. Admiro el
Si no pueden renuncien de Alejandro Martí. Me siento aterrado de todas las cosas que se rompieron en tan sólo seis meses. Me encuentro triste caminando sobre los tiestos de la vida plena que logré vivir el año pasado y que es tan lejana hoy. No puedo regresar a dormir y estoy muy muy muy cansado.

He aquí la razón por la que no has sabido de mí en este largo tiempo, por la que casi no he regresado a escribir. Me da miedo pensar que no ha valido la pena.
Quizás lo más amargo de este primer medio año, sea no poder contar con una noción de que verdaderamente estoy logrando ser lo que México espera de mí. Tristemente, no estoy pudiendo (en estricto sentido físico y humano, no intelectual ni de capacidades) y me está lastimando no poder. Estoy al final de una cuerda en la que el jefe de la jefa del jefe de mi jefa piden algo desde las alturas - como que me vaya de viaje mañana a primera hora sin importar que tengan que llamarme al diez para las doce de la noche - y, tras la acumulación de peticiones extraordinarias o abusivas, con mucha angustia veo que quizás, aquí abajo, seré el nudo que se desprende.


0 manos que escribieron: