Sonreír -para unos más que para otros- es un acto vital: algo inherente, un estado que se da por sentado.
Buscando hacer una retrospección y si es que es posible algo de objetividad para juzgar algo tan difícil, me da por pensar que salí de mi madre con la sonrisa bien puesta, y en general soy un tipo extremista.
Para ser muy positivos, eso resulta supremamente bueno para los fines que a tus ojos y a mi mano competen (jeje): dicen los que saben que el caldo de cultivo perfecto para escribir con calidad, incluso para quien no tiene talento, es un estado de ánimo intenso y extremo.
En este caso, y tras tanto tiempo de no producir una entrada con más de dos párrafos (Desde septiembre), acá ando para probar que la motivación para escribir también emana de humores y sentimientos leves e insignificantes.
Imaginando una lucha de cuerda entre la intrínseca sonrisa y las fuerzas de la desilusión, encuentro que los labios no resistieron el tirón hacia abajo del trabajo árduo pero mal valorado, la jefa incomprensible, el agotamiento físico, el sentimiento de qué hago aquí, entre otras cosas. Pero todo esto tampoco tuvo la fuerza de arrebatarme la tranquilidad, y me ha dejado en un justo medio demasiado poco familiar en 29 años. No hay quejas, pero tampoco alegrías. Y aunque sé que así va la cosa, me urge ya que uno de los dos bandos gane.
Buscando hacer una retrospección y si es que es posible algo de objetividad para juzgar algo tan difícil, me da por pensar que salí de mi madre con la sonrisa bien puesta, y en general soy un tipo extremista.
Para ser muy positivos, eso resulta supremamente bueno para los fines que a tus ojos y a mi mano competen (jeje): dicen los que saben que el caldo de cultivo perfecto para escribir con calidad, incluso para quien no tiene talento, es un estado de ánimo intenso y extremo.
En este caso, y tras tanto tiempo de no producir una entrada con más de dos párrafos (Desde septiembre), acá ando para probar que la motivación para escribir también emana de humores y sentimientos leves e insignificantes.
Imaginando una lucha de cuerda entre la intrínseca sonrisa y las fuerzas de la desilusión, encuentro que los labios no resistieron el tirón hacia abajo del trabajo árduo pero mal valorado, la jefa incomprensible, el agotamiento físico, el sentimiento de qué hago aquí, entre otras cosas. Pero todo esto tampoco tuvo la fuerza de arrebatarme la tranquilidad, y me ha dejado en un justo medio demasiado poco familiar en 29 años. No hay quejas, pero tampoco alegrías. Y aunque sé que así va la cosa, me urge ya que uno de los dos bandos gane.


1 manos que escribieron:
es mejor mantenerse a la deriva que ser extrañamente demasiado feliz o exasperantemente muy triste. yo por si las dudas, sigo sonriendo.
Publicar un comentario